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¿Puede el dinero comprar la felicidad?




En los últimos 50 años prácticamente hemos mejorado en todo. Nunca habíamos tenido tanta paz a nivel mundial ni tanto progreso económico. Para los economistas optimistas, la pobreza será prácticamente erradicada hacia la segunda mitad del siglo XXI. Tenemos comodidades como nunca habríamos imaginado, y hemos aumentado el consumo de bienes materiales hasta alcanzar probablemente el nivel máximo para cada uno de nosotros de manera individual. Esta es sin duda la mejor época para vivir, de la historia. El mejor día para vivir es hoy.


Hemos mejorado en todo, menos en ser más felices. Es decir, el progreso económico no se ha traducido en felicidad. El Producto Interno Bruto con el que medimos el éxito de las naciones no se ha visto reflejado en el bienestar de los ciudadanos. Los países ricos presentan actualmente los cuadros más altos de depresión y soledad de la historia. No somos más felices que hace 100 años.


Si las carencias de una persona están en un nivel muy alto, en el que es un serio problema satisfacer necesidades básicas como comida y hogar, el dinero sí marca una diferencia. En esos casos, el dinero sí compra la felicidad, porque los efectos en la calidad de vida de la persona resultan evidentes. Después de haber satisfecho ese nivel de necesidades básicas, el dinero y el progreso económico no tienen mayor relevancia, aunque nos cueste creerlo, no marca tanta diferencia. El dinero puede comprar la felicidad, pero después de cierto nivel, no compra felicidad adicional.


Por ejemplo, los estadounidenses han triplicado sus ingresos en los últimos 50 años, pero no son más felices que hace 50 años. Por un lado, mayores ingresos tienden a demandar aspiraciones más altas. Por otro, las comparaciones sociales de nuestros niveles de riqueza con las de nuestros vecinos, por ejemplo, pueden hacernos sentirnos más pobres comparados con ellos y más pobres de lo que realmente somos. La percepción de pobreza y riqueza es relativa a quiénes nos comparemos. Curiosamente, la mayoría de las personas prefieren un salario de $90.000 al año si sus colegas ganan $70.000, sobre uno en el que ganarían $100.000 pero sus colegas ganarían $150.000, es decir, los estudios han demostrado que la mayoría preferiría ganar menos siempre y cuando ganen más que sus colegas.


Hemos mencionado varias veces el Principio de Adaptación, nos vamos a acostumbrar a lo que tenemos muy rápidamente, y la sensación de bienestar que nos produjo el último ascenso, la casa lujosa, el carro del año y una vida más cómoda es una sensación que desaparece pronto, porque se convierte muy rápidamente en las condiciones normales de vida, nos vamos a acostumbrar a ellas y muy pronto vamos a buscar el catálogo de “the next best thing”, el siguiente carro, el siguiente empleo que me dé más dinero, la siguiente casa. Para nada es decir que esas condiciones son malas, es que no tendrán efecto duradero en nuestra felicidad, y entender cómo funciona ese Principio de Adaptación es importante para poder diseñar una vida feliz. Como hemos explicado anteriormente, si subimos de niveles materiales subimos de aspiraciones materiales.


Si no tenemos mucho dinero, pero tenemos suficiente para cubrir nuestras necesidades básicas, no nos estresemos, tenemos la misma probabilidad de ser felices que la reina de Inglaterra. No hay mejor noticia que esa. Ahorrémonos angustias, si tenemos suficiente, será suficiente, no necesitaremos más.

Pero entonces, ¿de qué puede servir el dinero, si para lo que es útil, comprar cosas, no es tan relevante en nuestra vida? Robert Frank nos dio la mejor respuesta hasta ahora, en la década de los 80, hace 50 años. Si tenemos dinero, pensemos bien dónde comprar. No hace falta comprar lujos que no necesitamos y a los que nos vamos a adaptar de todas formas. Frank llama a esos bienes compras llamativas (“conspicuos consumption”), que son visibles a otros y que se toman como indicadores del éxito de una persona, que “nos dicen” el valor de alguien. Las personas que practican este tipo de consumo, buscando prestigio, dinero, fama o belleza tienden a ser menos felices que aquellos que persiguen metas menos materiales, sobre todo porque se embarcan en una carrera que es infinita, como la de la rueda hedónica explicada en otro blog, una vez obtenido el bien perseguido se inicia la búsqueda del bien siguiente.


Compremos, por ejemplo, tiempo, tiempo para compartir con nuestra familia y amigos. Compremos vacaciones, en lugar de trabajar más para tener más dinero para comprar cosas que no nos van a hacer más feliz. Compremos una casa cerca del trabajo, pues el tiempo que demoramos trasladándonos disminuye considerablemente nuestra calidad de vida. Frank llama a ese consumo “inconspicuos consumption”, que son bienes y actividades que tienen valor en sí mismas y no en el prestigio que dan. Lo dice el lema popular, “no compre cosas, compre experiencias”, y si vamos a comprar una cosa, que sea algo que nos brinde una experiencia en el proceso o en el uso.

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